"En abril de 1815, la erupción del Monte Tambora (en Indonesia) liberó aerosoles de sulfato que bloquearon la radiación solar y enfriaron el aire sobre la masa continental hasta 2 °C, especialmente en el hemisferio norte. El año 1816 se conoció como el 'Año sin verano'".
Así comienza el reporte de una investigación que hizo simulaciones para averiguar cómo sería el "invierno" que seguiría a una guerra nuclear, y que se publicó unos días antes de que Hiroshima y Nagasaki conmemoraran los 80 años de las explosiones de las bombas atómicas, y de que el presidente Donald Trump advirtiera a Rusia que mandaría submarinos nucleares sus mares cercanos.
Las consecuencias socioeconómicas del año sin verano, por cierto, "incluyeron malas cosechas, hambrunas, migraciones masivas, depresiones económicas y, como es bien sabido, la caída de Napoleón Bonaparte"; las de un invierno nuclear podrían ser mucho más graves.
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Además, el equipo de investigación recomienda... a la humanidad que debe estar preparada para la posible ocurrencia de un fenómeno de este tipo que podría desencadenarse con una guerra a gran escala o erupciones volcánicas. Lo bueno es que dicen cómo hacerlo. Aunque no parece fácil.
Guerra regional o global
Un invierno nuclear es un concepto teórico, es el escenario climático previsto tras una guerra nuclear, que generaría humo y hollín los cuales bloquearían la luz solar y las temperaturas globales descenderían drásticamente, la consecuencia más alarmante de esto sería la extinción de una parte importante de la agricultura, dependiendo de la escala que tenga la guerra o las erupciones.
El equipo, encabezado por Yuning Shi de la Universidad Estatal de Pensilvania (Penn State) e integrado también por personal del Centro Nacional de Investigaciones Atmosféricas y las universidades de Rutgers y Del Sur de California, hizo un modelo para estudiar cómo los distintos escenarios de invierno nuclear podrían afectar la producción global de maíz, el cereal más cultivado del mundo.
"Utilizando maíz como cultivo centinela, descubrimos que la producción anual de maíz podría disminuir en 7% después de una guerra nuclear regional de pequeña escala con una inyección de hollín a la atmósfera de 5 Tg (o 5 millones de toneladas)", escribe el equipo en el reporte de la investigación publicado a finales de junio en la revista Environmental Research Letters.
Sin embargo, si se produjera una guerra nuclear mundial con una inyección de hollín de 150 Tg, la disminución sería del 80% y "la recuperación que tardaría entre 7 y 12 años".
Evidentemente, señala Shi en un comunicado de prensa, una caída del 80% en la producción agrícola mundial tendría consecuencias catastróficas, provocando una crisis alimentaria mundial generalizada; pero incluso una caída del 7% en la producción tendría un grave impacto en el sistema alimentario y la economía mundiales.
Simulación exhaustiva
El equipo utilizó el modelo de agroecosistema Cycles, creado en la propia Penn State, que permite simulaciones multianuales a gran escala y de alta resolución, del crecimiento de cultivos mediante el seguimiento meticuloso de los ciclos del carbono y el nitrógeno en el sistema suelo-planta-atmósfera.
Así, simularon la producción de maíz en 38 mil 572 ubicaciones, bajo seis escenarios de guerra nuclear de gravedad creciente, con inyecciones de hollín de entre 5 y 150 millones de toneladas.
También modelaron el aumento de la radiación ultravioleta de onda media o UV-B, la cual puede provocar daños en el ADN, estrés oxidativo y una reducción de la fotosíntesis en las plantas y que, en el caso de un invierno nuclear, alcanzaría la superficie terrestre dañando aun más a la agricultura y los sobrevivientes.
Hasta donde se sabe, es el primer estudio que hace esta estimación, y encontró que los daños de la radiación UV-B a la agricultura alcanzarían su punto máximo entre seis y ocho años después de una guerra mundial y estimaron que podría reducir la producción de maíz en un 7% adicional (para una caída total del 87%).
Los kits de resiliencia agrícola
Las predicciones potencialmente catastróficas que hizo el equipo de Shi aplican con las variedades de maíz que se cultivan actualmente, pero Shi afirma que se puede cambiar a variedades de cultivos que puedan crecer en condiciones más frías y en temporadas de cultivo más cortas.
Para evitar que este tipo de semillas se conviertan en un “cuello de botella para la adaptación”, los investigadores proponen, ante la amenaza de guerra nuclear, preparar “kits de resiliencia agrícola” con semillas específicas para cada región y clima, de variedades de cultivos que pueden crecer en condiciones más frías con temporadas de crecimiento más cortas.
“Estos kits ayudarían a mantener la producción de alimentos durante los años inestables posteriores a una guerra nuclear, mientras se recuperan las cadenas de suministro y la infraestructura”, afirmó Armen Kemanian, desarrollador principal del modelo de agroecosistema Cycles.
“El concepto de kits de resiliencia agrícola puede extenderse a otros desastres, cuando se producen catástrofes de esta magnitud, la resiliencia es esencial", agregó Kemanian. "Recordemos que catástrofes de esta naturaleza pueden ocurrir no solo por una guerra nuclear, sino también, por ejemplo, por erupciones volcánicas violentas".
Shi señaló que, si bien es improbable una planificación proactiva y coordinada a nivel internacional para estos kits, simplemente aumentar la concienciación podría contribuir a una mejor preparación. "Si queremos sobrevivir, debemos estar preparados, incluso para consecuencias impensables", afirmó.