Durante más de siete horas, miles de mujeres marcharon este 8 de marzo en el Paseo de la Reforma, la Plaza de la República y la avenida Juárez hasta tomar el corazón de la Ciudad de México, en exigencia de justicia, seguridad y una verdadera representación en todos los espacios.
Universitarias, madres, abuelas, infancias, padres sin sus hijas, madres buscándolas, mujeres hartas de fiscalías “ineptas”, alzaron la voz y tomaron las calles.
Los tapiales a lo largo del Paseo de la Reforma se volvieron testigos de las protestas por sentencias injustas, denuncias de acoso sexual, padres deudores de pensión alimenticia, profesores que acosan, novios que violan, espacios universitarios donde no se sienten seguras.
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Se cuidaron entre todas. “Las de negro” resguardaron a varios contingentes. Los contingentes resguardaban a “las de negro” después de las intervenciones con martillos y aerosoles en la estación Hidalgo del metrobús y en los tapiales que cuidaban los negocios.
Pero ni prendiendo una hoguera, lamentan, lograrían que vuelvan las víctimas de feminicidios; casi 3 mil mujeres tuvieron muertes violentas en México en 2025 y otras 725 fueron oficialmente reconocidas como víctimas de feminicidio.
El punto de partida oficial fue la Glorieta de las Mujeres que luchan, de donde desalojaron la figura de Cristóbal Colón en plena ola anti-colonizadora.
El corredor de la marcha, desde la Glorieta de la Diana y desde el Monumento a la Revolución, hasta el Zócalo, se convirtió en una fuente incesante de mujeres, niñas, madres, batucadas, tocadas, rabia, coraje, música y consignas.
En el lugar había tatuajes, puños en alto y muchas infancias que se tomaron la libertad de refrescarse en la fuente del Monumento a la Revolución antes de la marcha.
Marchó la montada de las mujeres charras que reclaman su espacio más que como el medio tiempo de un deporte profundamente machista.
Marcharon las mujeres de la periferia, como un grupo de habitantes de Cuautepec Barrio Alto, en la Gustavo A. Madero, una “zona roja”, donde han vivido de cerca casos de jóvenes desaparecidas.
Alzaron las manos las mujeres sordas, gritaron las neurodivergentes, las que padecen cáncer, las que tienen discapacidad, como Fernanda, con parálisis cerebral.
Al llegar al Zócalo, los botellazos, las piedras, los petardos, los martillazos y el intento por derribar las vallas fueron incesantes, mientras miles sólo se sentaron y vieron extinguirse sus carteles en el fuego.
Pasadas las 9:00 de la noche, ellas lograron romper el cerco frente al gobierno de la Ciudad de México.
Clara Brugada, jefa de Gobierno, dijo que participaron más de 120 mil personas. Ellas adelantaron horas antes: “¡Pinche gobierno, cuéntanos bien!”.
Para el gobierno, hubo un saldo blanco. Para ellas, aún hay un saldo de justicia por cobrar.