Pocas se ha visto un fenómeno que haya conmovido a tanta gente a nivel global como la historia y las imágenes de Punch, el bebé macaco al que, tras ser abandonado por su madre, los cuidadores del Zoológico de la Ciudad de Ichikawa, en Japón, le proporcionaron un orangután de peluche como madre sustituta.
Los vídeos del mono aferrado al juguete se han viralizado en todo el mundo, así como los de las agresiones de que le hicieron objeto algunos integrantes de la manada, ante las cuales Punch buscaba la "protección" de su peluche.
Ahora, para consuelo de muchos (¿todos?) el pequeño Punch por fin tiene amigos de la manada que no sólo no lo agreden sino que incluso lo protejen y despiojan.
Te podría interesar
Pero la empatía que nos despiertan Punch y su compañero inanimado, y lo que que podemos aprender de ellos, va más allá de conmovernos con sus vídeos.
Experimentos revolucionarios
La historia de Punch evoca un famoso y controvertido conjunto de experimentos psicológicos que fueron realizados en la década de 1950 por el investigador estadounidense Harry Harlow (1905-1981) en la Universidad de Wisconsin–Madison.
"Harlow separó a monos rhesus de sus madres desde su nacimiento. Estos monos fueron criados en un recinto donde tuvieron acceso a dos 'madres' sustitutas", señala Mark Nielsen, profesor investigador de la Universidad de Queensland en un comentario publicado en el sitio The Conversation.
Una de esas madres sustitutas era una estructura de alambre con una cara y "que podía proporcionar comida y bebida mediante un pequeño comedero... La otra era una muñeca con forma de mona envuelta en una toalla. Esta muñeca era suave y cómoda, pero no proporcionaba comida ni bebida; era poco más que una figura peluda a la que la cría podía aferrarse".
Las preferencias de los monitos rhesus fueron unánimes: estaban con la madre de alambra el tiempo necesario para alimentarse, pero "pasaban mucho más tiempo cada día aferrados a su 'madre' cubierta de toalla" (cabe añadir que una de las cosas que le ofrecieron a Punch para darle seguridad era una toalla enrollada).
Estos resultados, de los que Punch es una versión contemporánea e inadvertida, resultaron sorprendentes para muchos psicólogos de la época de Harlow, en particular a los seguidores de la teoría conductista, "la predominante en aquel entonces", que sugería que los bebés se apegan a quienes les proporcionan sus necesidades biológicas, como el alimento.
Harlow cuestionó esta teoría "al sugerir que los bebés necesitan cuidados, amor y amabilidad para formar vínculos, en lugar de sólo alimento físico", explica Nielsen.
La teoría del apego y la ética
De acuerdo con Nielsen, la investigación de Harlow, al contradecir la perspectiva conductista, mostró que para los primates, incluidos los humanos, el "alimento emocional" no sólo es importante, sino que, en cierto sentido, termina teniendo más relevancia que la satisfacción de necesidades físicas como el hambre y la sed.
Este cambio de paradigma resultó fundamental, primero para abandonar la idea de que los primates funcionamos y aprendemos "en ciclos de recompensa y castigo", señala Nielsen, y después para la formación de la teoría del apego.
"La teoría del apego postula que el desarrollo infantil saludable ocurre cuando un bebé tiene un apego seguro a su cuidador. Esto se logra cuando el padre o cuidador le proporciona alimento emocional, cuidado, amabilidad y atención", señala el experto.
En cambio, "el apego inseguro ocurre cuando el padre o cuidador es frío, distante, abusivo o negligente".
Paradójicamente, los resultados de Harlow muestran que la investigación hecha para conseguirlos no fue ética. "La mayor parte del mundo reconoce ahora que los primates tienen derechos que, en algunos casos, son equivalentes a los derechos humanos", señala Nielsen, así que "hoy en día, veríamos los experimentos de Harlow como algo cruel".
Epílogo de teoría conductista
Es importante destacar que, a diferencia de lo que Nielsen parece sugerir, la investigación de Harlow no terminó con el enfoque conductista en psicología. De hecho, las terapias cognitivo-conductuales no sólo son algunas de las más exitosas en la actualidad, sino que pueden realmente demostrar su efectividad.
De hecho, la base de la teoría conductista, no es negar que existan cosas como los sentimientos o emociones, sino que, para hacer ciencia, sólo hay que considerar aquello que se puede medir.
Así, aunque sea posible medir manifestaciones y expresiones que se puedan considerar revelaciones de ciertos sentimientos, estos no pueden formar parte del análisis, dado no se observaron directamente.
Sin embargo, la investigación de Harlow si contribuyó a desacreditar el "conductismo extremo", como el que llevaron a cabo el fundador de la teoría, John B. Watson, y su estudiante de posgrado de 21 años, Rosalie Raynor, quienes en 1920 hicieron experimentos para condicionar al "Pequeño Albert", un bebé de nueve meses cuya identidad aún no se conoce.
Watson y Raynor condicionaron al "Pequeño Albert" a que desarrollara una respuesta de miedo ante algunos animales peludos, pero, de acuerdo con un artículo de Azadeh Aalai publicado en Psychology Today, el miedo se volvió tan severo que Albert lo generalizó a "objetos que eran similares a las criaturas peludas, como un abrigo de piel, una máscara blanca, etcétera".
Vistos los casos de los pequeños Albert y Punch, y sabiendo que el primero ya nunca podría repetirse y que el segundo no fue un experimento sino un intento de ayudar al macaco, no cabe duda de que como humanidad hemos progresado desde los puntos de vista científico y ético.
Además, como señala Nielsen, Punch "no es sólo la última celebridad animal de internet; es un recordatorio de la importancia de la nutrición emocional".